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Folklore Rosario :: Microfolklore, por Mariano Martinelli
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| Columnas - Mariano Martinelli |
fuente: Microfolklore
Dicen que el Cuchi Leguizamón daba clases en el Nacional de Salta cuando irrumpió Manuel Castilla para llevarlo donde llegue el primer colectivo que salga a esa hora. Muy al norte de Salta, los hermanos se incorporaron en el mostrador cuando cantó la muchacha. De ahí en adelante, la historia es bien conocida: la joven se hizo de la imposible empresa de ganarle a Castilla en el contrapunto de coplas, y le fue prometido un regalo que llegaría al año hecho zamba, por la radio.
Es tal vez un Ave María, una de esas letras que se cantan de memoria y que un día, perdida, sale a que se la piense y recree. Es la maravilla surgida de un viaje sin destino, cuenta la historia. Es la mujer del Norte encarnada en la protagonista de un rezo, una prédica que desnuda la admiración del poeta. Es la zamba de la Eulogia y la invitación a un lugar mágico de historias.
Pueblo marrón, de marrón adobe, de caminos marrones, de cerros y de silencio marrón. La Poma es un pequeño distante mundo marrón, de amaneceres tibios y dalias morenas. Hay en la isla todo por recorrer y una zamba que se percibe en el aire de las señoras que caminan altivas y pueden contarla al forastero: todos allí conocen a la Eulogia Tapia, la pomeña.
Desde la puerta de casa de Elba Choque, hija de la historia viva, esa parcela de pasto amarillo no se ve lejos, pero es mejor emprender la caminata en compañía, tal vez por precaución, más bien porque un baquiano mostrará las maravillas del camino hasta el puesto. Carmelo Tejerina es un calificado conocedor de los olores de la montaña que caminó su padre y su abuelo.
Actualizado (Miércoles, 29 de Febrero de 2012 12:43)
La ruta del Cuchi
| Columnas - Mariano Martinelli |
Fuente: Mariano Martinelli para Microfolklore
Hay una ruta por momentos turística, que inicia en Salta capital, atraviesa el Valle de Lerma, pasa por el Calchaquí y termina en La Poma. El mapa está dibujado en una serie de composiciones de Gustavo Leguizamón y de Manuel Castilla. Sólo hace falta sentarse a escuchar y asignarle un orden a los pueblos y lugares.
Así, la recorrida inicia en la peña de Juan Balderrama, uno de los espacios de encuentro de los poetas, a orillas del canal, donde un Leguizamón y un Castilla trasnochaban la música. Balderrama era un boliche de ramos generales, hoy convertido, a través de la zamba, en símbolo de lo que fue.
A pocas cuadras de esa esquina de San Martín y Esteco, hay otro lugar que ambos amigos asentaron en una zamba. En Lerma 830 funcionaba la panadería de Juan Riera, el panadero amigo de los trabajadores y los poetas. Tipo bueno el Riera que cocinaba para todos y dejaba, sin metáfora, la puerta abierta.
De un San Gustavo Leguizamón
| Columnas - Mariano Martinelli |
Fuente: Mariano Martinelli para Microfolklore
La panadería original todavía tiene la mayólica en blanco y celeste que dice ‘Panadería Riera’. De ahí se van a Independencia. A Independencia llegaban y le decían “Don Juan, hoy va a salir más rico el pan”. Y ese era el punto de partida para que metan en el horno de barro una asadera con carne. Incluso ahí hay varios poemas, hay un poema al pan que le escribe Castilla…
El que habla es el hijo del Cuchi Leguizamón. Luis, el más chico de los cuatro, prepara mate en la casa que fuera de su padre, dispuesto a la charla larga, con la expresión que –sabe- evoca al Cuchi. Su amigo también se acomoda empinado sobre la mesa, atento a las anécdotas que vendrán durante tres, tal vez cuatro pavas. Porque las historias son ricas cuando se trata de vidas llenas de músicas.
Él decía que en el bar de los Tribunales, cuando la máquina de hacer café terminaba, emitía un sonido en La 440, que lo iba a reconocer toda su vida. Pasó un mes y lo llama Castilla. Atiende el teléfono mi mama. ‘Dame con el Cuchi pero no le digas quién es’. Le ordena al tipo: ‘hacé café’. ‘Hola, hola’. Pip. Y le cuelga. Entonces el Cuchi se viste, se va al bar y le dice al Barbudo: ‘Yo a esa la reconozco en cualquier lado del mundo’.
Actualizado (Martes, 05 de Junio de 2012 14:06)
Así le gustaba al hombre
| Columnas - Mariano Martinelli |
Fuente: Mariano Martinelli, para Microfolklore
Había un único dato: “El nieto del panadero Juan Riera desayuna todas las mañanas en un bar cercano a la Plaza 9 de julio, se llama Ramiro”. En el alma de Salta, Ramiro indicó cómo llegar a la casa de Nelson Riera, el hijo más chico del hombre de la zamba. Él contaría la historia de primera mano; era él también protagonista de los albores de un regalo en seis octavos, testigo de una amistad.
La anécdota ya la había contado el Cuchi Leguizamón: “Mire, nosotros teníamos un amigo, don Juan Riera, quien era propietario de una panadería en la calle Lerma. Manuel (Castilla) todas las mañanas le compraba el pan calentito, pero una vez al Barbudo lo dejaron sin trabajo en el diario El Intransigente, entonces no fue más.
Pero al poco tiempo Rierita comenzó a llevarle personalmente el pan de la mañana. Manuel le dijo que no lo aceptaba porque no podía pagarlo y ¿sabe qué le contestó Rierita? ‘Antes cuando Usted podía, venía y me compraba el pan, pero ahora que no puede es mi obligación llevárselo todos los días’. Mire qué filosofía”, dijo el Cuchi en una entrevista que ahora forma parte de un disco en homenaje.




















