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PostHeaderIcon EL MALAMBO, LA CÚSPIDE Y EL FIN

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Administración del Sitio - Festivales 2014

Laborde tiene una iglesia, una plaza, casas con jardín al frente y así. Una ciudad como tantas de no ser porque allí, durante seis días, se realiza el campeonato de malambo que revoluciona el pueblo, su gente, un mundo. Aunque algunos se entrenan solos, casi todos pagan un preparador, el viaje hasta la ciudad, el atuendo y las botas que se deben cambiar cada tres meses porque se destruyen. Para preservar el prestigio del festival, desde 1966 se mantiene un pacto tácito: el que gane, no volverá a competir. Un quebrantamiento de esa regla no escrita se paga con el repudio de los pares. El triunfo es, a la vez, el éxito y el ocaso. Adelanto del libro “Una historia sencilla”, escrito por Leila Guerriero, publicado por Anagrama.

Por: Leila Guerriero en Anfibia

Esta es la historia de un hombre que participó en una competencia de baile.

La ciudad de Laborde, en el sudeste de la provincia de Córdoba, Argentina, a quinientos kilómetros de Buenos Aires, fue fundada en 1903 con el nombre de Las Liebres. Tiene seis mil habitantes y está en un área que, colonizada por inmigrantes italianos a principios del siglo pasado, es un vergel de trigo, maíz y derivados –harina, molinos, trabajo para centenares-, con una prosperidad, ahora sostenida por el cultivo de la soja, que se refleja en pueblos que parecen salidos de la imaginación de un niño ordenado o sicótico: pequeños centros urbanos con su iglesia, su plaza principal, su municipio, sus casas con jardín al frente, la camioneta último modelo Toyota Hilux cuatro por cuatro brillante brillosa estacionada en la puerta, a veces dos. La ruta provincial número 11 atraviesa muchos pueblos así: Monte Maíz, Escalante, Pascanas. Entre Escalante y Pascanas está Laborde, una ciudad con su iglesia, su plaza principal, su municipio, sus casas con jardín al frente, la camioneta, etcétera. Es una más de miles de ciudades del interior cuyo nombre no resulta familiar al resto de los habitantes del país. Una ciudad como hay tantas, en una zona agrícola como hay otras. Pero, para algunas personas con un interés muy específico, Laborde es una ciudad importante. De hecho, para esas personas -con ese interés específico- no hay en el mundo una ciudad más importante que Laborde. (…)

Si existen en la Argentina otros festivales en los que el malambo es uno de los rubros en competencia –el festival de Cosquín, el de la Sierra-, Laborde –donde este baile es protagonista excluyente- tiene un reglamento que lo hace único: establece, para la categoría de malambo mayor, un máximo de cinco minutos. En los demás festivales, el tiempo aceptable es de dos y medio o tres.

Cinco minutos son poca cosa. Una ínfima parte de un viaje en avión de doce horas, un soplo en una maratón de tres días. Pero todo cambia si se establecen las comparaciones correctas. Los corredores de cien metros libres más rápidos del mundo tienen sus marcas por debajo de los diez segundos. La de Usain Bolt es de nueve segundos cincuenta y ocho centésimas. Un malambista alcanza una velocidad que demanda una exigencia parecida a la de un corredor de cien metros, pero debe sostenerla no durante nueve segundos sino durante cinco minutos. Eso quiere decir que los malambistas que se preparan para Laborde no sólo reciben durante el año previo al festival el entrenamiento artístico de un bailarín, sino también la preparación física y psicológica de un atleta. No fuman, no beben, no trasnochan, corren, van al gimnasio, ejercitan la concentración, la actitud, la seguridad y la autoestima. Aunque hay quienes se entrenan solos, casi todos tienen un preparador que suele ser un campeón de años anteriores y a quien deben pagarle las clases y el viaje hasta la ciudad en la que viven. A eso hay que sumar cuotas de gimnasio, consultas con nutricionistas y deportólogos, comida de buena calidad, el atuendo (3000 o 4000 pesos -600 u 800 dólares- por cada uno de los estilos: sólo las botas del malambo norte cuestan 700 pesos -140 dólares- y hay que cambiarlas cada cuatro o seis meses, porque se destruyen), y la estadía en Laborde, que suele prolongarse por quince días ya que los aspirantes prefieren llegar antes del comienzo del festival. Casi todos, además, son hijos de familias muy humildes formadas por amas de casa, empleados municipales, trabajadores metalúrgicos, policías. Los más afortunados trabajan dando clases de danza en escuelas e institutos pero hay, también, electricistas, ayudantes de albañilería, mecánicos. Algunos se presentan por primera vez y ganan, pero casi todos deben insistir.
El premio, por su parte, no consiste en dinero, ni en un viaje, ni en una casa, ni en un auto, sino en una copa sencilla firmada por un artesano local. Pero el verdadero premio de Laborde –el premio en el que piensan todos- es todo lo que no se ve: el prestigio y la reverencia, la consagración y el respeto, el realce y la honra de ser uno de los mejores entre los pocos capaces de bailar esa danza asesina. En el pequeño círculo áulico de los bailarines folklóricos, un campeón de Laborde es un eterno semidiós.
Pero hay algo más.
Para preservar el prestigio del festival, y reafirmar su carácter de competencia máxima, los campeones de Laborde mantienen, desde el año 1966, un pacto tácito que dice que, aunque pueden hacerlo en otros rubros, jamás volverán a competir, ni en ese ni en otros festivales, en una categoría de malambo solista. Un quebrantamiento de esa regla no escrita –hubo dos o tres excepciones- se paga con el repudio de los pares. Así, el malambo con el que un hombre gana es, también, uno de los últimos malambos de su vida: ser campeón de Laborde es, al mismo tiempo, la cúspide y el fin.
En el mes de enero de 2011 fui a ese pueblo con la idea –simple- de contar la historia del festival y tratar de entender por qué esa gente quería hacer tamaña cosa: alzarse para sucumbir.

***

En las calles de tierra que circundan el predio hay decenas de toldos de color naranja que cobijan puestos en los que, durante la noche, se venden artesanías, camisetas, cedés y que, a esta hora de la tarde, reverberan bajo el sol y lanzan destellos gelatinosos y calientes. El predio está rodeado por un alambre olímpico y, apenas se entra, a la derecha, está la Galería de Campeones, un sitio donde se exhiben las fotos de quienes ganaron desde 1966, y puestos de comida, ahora cerrados, que venden empanadas, pizza, locro (un guiso tradicional), asado y pollo a la parrilla. Al otro lado están los baños y la sala de prensa, una construcción cuadrada, amplia, con sillas, computadoras, y una pared cubierta por un espejo corrido. Al fondo, el escenario.
Conozco historias sobre ese escenario: se dice que, por el respeto que impone, muchos aspirantes renunciaron minutos antes de subir; que un leve declive hacia adelante lo vuelve temible y peligroso; que está tan plagado de fantasmas de grandes malambistas que resulta sobrecogedor. Lo que veo es un telón azul y, a los costados y arriba, los carteles de los auspiciantes: Corredores de cereales Finpro, El cartucho SA transportes, Casa Rolandi, artículos para el hogar. Debajo de las tablas hay micrófonos que amplifican el sonido de cada pisada con precisión maléfica. Frente al escenario, centenares de sillas de plástico, blancas, vacías. A las cuatro y media de la tarde cuesta imaginar que, en algún momento, habrá aquí algo más que esto: nada, y esa isla de plástico de la que asciende una onda de calor ululante.
Estoy mirando la copa de unos eucaliptus, que no alcanzan para detener las garras del sol, cuando lo escucho. Un galope tendido o el traqueteo de un arma bien cargada. Me doy vuelta y veo a un hombre sobre el escenario. Tiene barba, galera, chaleco rojo, chaqueta azul, un cribo blanquísimo, un chiripá de tonos beige, y ensaya el malambo que bailará esta noche. Al principio el movimiento de las piernas no es lento pero es humano: una velocidad que se puede seguir. Después el ritmo sube, y vuelve a subir, y sigue subiendo hasta que el hombre clava un pie en el piso, se queda extático mirando el horizonte, agacha la cabeza y empieza a respirar como un pez luchando por oxígeno.
-Buena –dice el que, a su lado, toca la guitarra. (...)


***

Cada noche el malambo mayor se anuncia de la misma manera. Entre las doce y media y la una suena el Himno de Laborde –“Baila el malambo/ Argentina siente que su pueblo está vivo/ Laborde está llamando a fiesta, al malambo nacional”- y la voz de un locutor dice:
-¡Señoras y señores, ha llegado la hora del rubro esperado por todos, por Laborde y por la Argentina toda!
El locutor insiste, siempre, en saludar a la Argentina toda, aunque la Argentina toda no se entere, y sigue:
-¡Señoras y señores, Laborde, país... llega ahora el rubro malambo mayor!
Sobre las estrofas finales del himno estallan fuegos de artificio. Cuando el locutor anuncia el nombre del aspirante que subirá a bailar desciende, sobre el predio, silencio como una capa de nieve

***

El jurado, en una mesa larga a los pies del escenario, permanece inmóvil.
Lo primero que se escucha es el rasgueo de una guitarra, triste como las últimas tardes del verano. El hombre que va a bailar lleva una chaqueta de pana negra, chaleco rojo. El cribo blanco le baña las pantorrilas como una lluvia cremosa y, en vez de chiripá, usa un pantalón oscuro, ceñido. Es rubio, de barba crecida. Camina hasta el centro del escenario, se detiene y, con un movimiento que parece brotar desde los huesos, acaricia el piso con la punta, con el talón, con el costado, un goteo de golpes precisos, una trama de sonidos perfectos. Envuelto en la tensión que precede al ataque de un lobo, aumenta poco a poco la velocidad hasta que sus pies son dos animales que rompen, muelen, quiebran, despedazan, trituran, matan y, finalmente, golpean el escenario como un choque de trenes y, bañado en sudor, se detiene, duro como una cuerda de cristal purpúrea y trágica. Después, saluda con una reverencia y se va. Una voz de mujer, impávida, opaca, dice:
-Tiempo empleado: cuatro minutos, cuarenta segundos.
Ese fue el primer malambo mayor en competencia que vi en Laborde, y fue como recibir una embestida. Corrí detrás del escenario y vi que el hombre –Ariel Pérez, aspirante de la provincia de Buenos Aires- se sumergía en su camarín con la urgencia de quien tiene que esconder el amor o el odio o las ganas de matar. (...)


***

Si durante el día la temperatura puede superar los cuarenta grados, en la noche, indefectiblemente, baja. Hoy, viernes 14, doce y media, debe andar por los trece pero, detrás del escenario, es carnaval. Hay cuerpos que se visten y que se desvisten, sudor, música, corridas. El aspirante por la provincia de La Rioja, Darío Flores, baja del escenario como suelen bajar todos: ciego de fervor, crucificado, con la mirada perdida y los brazos en jarra, luchando para recuperar el aire. Alguien lo abraza y él, como quien sale de un trance, dice “gracias, gracias”. Estoy mirando eso y pienso que empiezo a habituarme a ver la misma tensión exasperante cuando están en los camarines, la misma explosión ardiente cuando suben, la misma agonía y el exacto éxtasis cuando les toca bajar. Entonces escucho, en el escenario, el rasgueo de una guitarra. Hay algo ese rasgueo –algo como la tensión de un animal a punto de saltar que se arrastrara al ras del suelo- que me llama la atención. Así que doy la vuelta y corro, agazapada, a sentarme detrás de la mesa del jurado.
Esa es la primera vez que veo a Rodolfo González Alcántara.
Y lo que veo me deja muda.

***

Por qué, si él era igual a muchos. Usaba una chaqueta beige, un chaleco gris, una galera, un chiripá rojo y un lazo negro como corbatín. Por qué, si yo no era capaz de distinguir entre un bailarín muy bueno y uno mediocre. Pero ahí estaba él -Rodolfo González Alcántara, veintiocho años, aspirante de La Pampa, altísimo- y ahí estaba yo, sentada en el césped, muda. Cuando terminó de bailar, la voz opaca, impávida de la mujer, dictaminó:
-Tiempo empleado: cuatro minutos cincuenta y dos segundos.
Y ese fue el momento exacto en que esta historia empezó a ser definitivamente otra cosa. Una historia difícil. La historia de un hombre común.

***

Esa noche de viernes, Rodolfo González Alcántara llegó hasta el centro del escenario como un viento malo o como un puma, como un ciervo o como un ladrón de almas, y se quedó plantado allí por dos o tres compases, con el ceño fruncido y mirando alguna cosa que nadie podía ver. El primer movimiento de las piernas hizo que el cribo se agitara como una criatura blanda mecida bajo el agua. Después, durante cuatro minutos cincuenta y dos segundos, hizo crujir la noche bajo su puño.
Él era el campo, era la tierra seca, era el horizonte tenso de la pampa, era el olor de los caballos, era el sonido del cielo del verano, era el zumbido de la soledad, era la furia, era la enfermedad y era la guerra, era lo contrario de la paz. Era el cuchillo y era el tajo. Era el caníbal. Era una condena. Al terminar golpeó la madera con la fuerza de un monstruo y se quedó allí, mirando a través de las capas del aire hojaldrado de la noche, cubierto de estrellas, todo fulgor. Y, sonriendo de costado -como un príncipe, como un rufián o como un diablo-, se tocó el ala del sombrero. Y se fue.
Y así fue.
No sé si lo aplaudieron. No me acuerdo.

***

¿Qué hice después? Lo sé porque tomé estas notas. Corrí detrás del escenario pero, aunque intenté encontrarlo en el tumulto –un hombre enorme, tocado por un sombrero y con un poncho rojo atado a la cintura: no era difícil- no estaba. Hasta que, frente a la puerta abierta de uno de los camarines, vi a un hombre muy bajo, de no más de un metro cincuenta, sin chaqueta, sin chaleco, sin galera. Lo reconocí porque jadeaba. Estaba solo. Me acerqué. Le pregunté de dónde era.
-De Santa Rosa, La Pampa –me dijo, con esa voz que después escucharía tantas veces y ese modo de ahogar las frases al final, como quien se quita un poco de importancia-. Pero vivo en Buenos Aires. Soy profesor de danzas.
Temblaba –le temblaban las manos y las piernas, le temblaban los dedos cuando se los pasaba por la barba que apenas le cubría la barbilla- y le pregunté el nombre.
-Rodolfo. Rodolfo González Alcántara.
En ese momento, según mis notas, el locutor decía algo que sonaba así: “Molinos Marín, harina que combate el colesterol”. No escribí nada más por esa noche. Eran las dos.

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